Reportatge

Las respuestas a las preguntas que nos hacemos respecto al coronavirus

Sofia Mira

Sobre Sofia Mira Martínez

Soy Sofía, doctora en Salud Pública y Medicina Traslacional. Especialista en enfermedades infecciosas y friki de la malaria. Defensora de la Sanidad y la Educación. Actualmente trabajo como farmacéutica.

Soy Sofía, doctora en Salud Pública y Medicina Traslacional. Especialista en enfermedades infecciosas y friki de la malaria. Defensora de la Sanidad y la Educación. Actualmente trabajo como farmacéutica.


La crisis del coronavirus está generando muchísimas inquietudes en toda la ciudadanía. Hay demasiada información en las redes, en los medios; información que va cambiando cada día. Un bombardeo de datos que en 24 horas pueden volverse incorrectos, confundiendo así a la población,  generando dudas y miedo. Desde el comienzo, mis conocidos me preguntaban por la gravedad del asunto, por el alcance, por “cuándo terminará esto”. Poco podía decir yo al respecto. Tengo formación en salud pública y soy especialista en enfermedades infecciosas. Sin embargo, casi toda mi experiencia profesional se basa en estar entre las paredes de un laboratorio dando vida y experimentando con bichitos que después nos causan estas enfermedades. ¿Qué podía aportar yo a la vida real, a la gente de a pie? Con el paso del tiempo, las preguntas fueron evolucionando: cómo se transmite el virus, es verdad que queda en las superficies, cómo hace el alcohol para matarlo, es o no es igual que la gripe, por qué no nos hacen los test de diagnóstico rápido; y un largo etc. Desde entonces he intentado transmitir mis conocimientos sobre la crisis a los que me rodean de forma sencilla.

Una de las mayores preocupaciones que he observado entre la gente, y sobre lo que existen las teorías más dispares, es si este virus ha sido creado por algún laboratorio malvado e introducido en la Tierra de forma deliberada. Sinceramente, ni lo sé ni voy a entrar en ese tema. Pero sí voy a responder a frases del tipo “¡Sí, claro! ¡Cómo va a pasar un virus de un animal a una persona!”. Pues me temo que eso sí es posible; ha pasado antes y seguirá pasando. Lo hemos visto en otros virus como el del VIH (sida), el del Ébola y en anteriores coronavirus. Lo hemos visto también en microorganismos más complejos, como el parásito de la malaria. La vida, señores, está en constante evolución.

Los virus, bacterias y otros microorganismos que nos infectan y provocan enfermedades mutan

Los virus, bacterias y otros microorganismos que nos infectan y provocan enfermedades mutan. Mutan como muta la información genética que tenemos los seres humanos en nuestras células. Mutan y se adaptan a las condiciones del medio: es la base de la selección natural de Darwin. Nuestras células se replican constantemente. Nuestras células hacen copias y copias de estas copias de nuestro material genético. ¿Y qué pasa cuando hacemos copias de copias? Pues que algunas no salen bien. Igual que nosotros desechamos los folios en los que no hemos obtenido la imagen o el texto como deseábamos, nuestras células tienen mecanismos para desechar esas copias mal hechas. Y una copia mal hecha de nuestro material genético es lo que viene siendo, ni más ni menos, una mutación. En ocasiones, estas mutaciones escapan al filtro de control de calidad del que disponemos. A veces estas mutaciones escapistas, proporcionan una ventaja en el medio con respecto a los que nos rodean, como un nuevo color de ojos o como desarrollar un sexto dedo. Estas mutaciones que nos confieren capacidades de adaptación al medio consiguen quedarse y transmitirse a las siguientes generaciones, sucediendo entonces lo que conocemos como evolución.

Pero, ¿qué ocurre con el SARS-CoV-2? Resulta que este bichito tiene una maquinaria un tanto defectuosa de hacer copias y de eliminar las copias mal hechas. Es decir: muta con gran rapidez, confiriéndole la capacidad de adaptarse al medio rápidamente. Lo mismo ocurre con el virus de la gripe; es por ello que se debe desarrollar una vacuna nueva cada año y es por ello que podemos enfermar de gripe varias veces en nuestra vida (a diferencia de lo que ocurre con otras enfermedades como la varicela). Entonces, ¿un virus especializado en infectar una cierta especie animal es capaz de infectar a otra? Pues si una de las mutaciones que sufre lo permite, sí. Así, los agentes infecciosos pueden pasar de hospedar una especie animal a otra, incluyendo los seres humanos (que al fin y al cabo no somos más que eso: animales).

Curiosamente, estas transmisiones de hospedador no solo se producen de animales a humanos o viceversa; estos cambios en la capacidad infectiva de los microrganismos se producen también dentro de la misma especie, como entre humanos. Intentemos explicar esto: es bien sabido que los seres humanos somos diferentes a nivel genético. Muchas de estas diferencias las podemos ver a simple vista y clasificamos a las personas por etnias. Pero estas diferencias van más allá de nuestro aspecto físico. Nuestro sistema inmune, por ejemplo, no es igual en gente de origen caucásico que en gente de origen asiático (de ahí muchas de las diferencias que se están encontrando en la fisiopatología del COVID-19 entre la población china y la mediterránea). Existen por ejemplo especies de malaria que infectan a seres humanos de una etnia pero no de otras. Así, la malaria típica de Sudamérica y Asia no la encontramos en África. Sin embargo, recientemente se han diagnosticado casos en el continente africano. ¿Ha decidido el bicho saltar el charco? En realidad no; ya lo saltó hace mucho pero no consiguió quedarse. Una explicación podría ser que el parásito ha mutado y ha encontrado la manera de infectar a los africanos, produciéndose un cambio en sus patrones infectivos.

Con todos estos ejemplos lo que intento explicar es que las mutaciones se producen de forma natural, confiriendo a los microorganismos, y a los no tan micro, la capacidad de adaptarse al medio. Así, estos bichitos pueden pasar de infectar unas especies a otras e incluso con variaciones dentro de la misma especie de forma natural. Por lo tanto, al margen de las teorías conspiranoicas, que este coronavirus haya pasado de infectar animales a infectar humanos de forma natural es posible.

¿Cuál es entonces la principal diferencia con la gripe? La inmunidad que nosotros tenemos frente a ella

El siguiente comentario eterno entre la población: “¿Pero es o no es como una gripe?” Tema cuanto menos complicado. Yo soy de las que siempre ha defendido que este virus es como una gripe. La sintomatología es similar: fiebre, tos, malestar. La vía de transmisión es la misma: pequeñas gotas que expulsamos por boca y nariz que contienen el virus. E incluso me atrevería a decir que la mortalidad es parecida (los datos que nos muestran ahora no son muy precisos; por un lado se desconoce el alcance real de los afectados y por otro nuestro sistema sanitario no se encuentra en las mejores condiciones para atender los casos graves de COVID-19).  ¿Cuál es entonces la principal diferencia con la gripe? La inmunidad que nosotros tenemos frente a ella. La inmunidad. Esta palabra tan guay que escuchamos tanto ahora. ¿Qué significa ser inmune? Que tenemos la capacidad de no caer enfermos por una determinada infección y que además no la transmitimos. ¿Esto por qué se produce? Porque nuestro organismo tiene las defensas (anticuerpos) necesarias para luchar contra la enfermedad. ¿Y esto cómo se adquiere? Pues bien de forma natural, tras contraer la infección (como es el ejemplo de la varicela), o de forma inducida, a través de las vacunas.

En el caso de la gripe contamos con vacunas. Cada año se diseña una nueva vacuna por esta capacidad que tiene el virus de mutar. Se vacuna a los pacientes de riesgo: embarazadas, mayores, gente con patologías cardíacas, etc. Sin embargo, el resto de la población que no se vacuna y que no cae enferma está también cada año expuesta al virus. Así, aunque no hayamos padecido una gripe desde hace diez años, no significa que el virus (Influenza) no haya entrado en nuestro cuerpo. Lo más probable es que este patógeno haya accedido a nuestro organismo y nuestras defensas, ya entrenadas de años anteriores, se hayan enfrentado a él. Así, con una exposición constante, nuestras defensas se van reforzando año tras año y mantenemos un cierto grado de inmunidad poblacional (o de rebaño) para la gripe, consiguiendo que la mayoría no enfermemos. ¿Qué ocurre si estamos en épocas de exámenes, sobresfuerzo físico, estrés y viene a visitarnos el virus de la gripe? Que seguramente nuestro sistema inmunológico esté debilitado y empiecemos a tener fiebre, dolor muscular, síntomas digestivos o cualquiera de las formas que le haya dado la gana de adoptar al virus de la gripe ese año.

¿Qué pasa con el coronavirus? Que es nuevo. ¿Quién estuvo expuesto el invierno pasado al SARS-CoV-2? Nadie. ¿Quién puede caer enfermo? Muchísima gente. De ahí a que esto vaya tan rápido. No significa en principio que con nuestros estornudos alcancemos a más que personas que con la gripe. Significa que las personas que tenemos en frente están menos protegidas frente a este virus. Todo esto al margen de otros tantos factores que determinen la transmisión del virus, como la capacidad de sobrevivir en el ambiente,  la capacidad que tenga de infectar nuestras células o el hecho de que casi la mitad de los contagios de COVID-19 se producen en fases pre- o asintomáticas. También existen diferencias en la fisiopatología de ambos virus: el coronavirus resulta más agresivo y en caso de producir la muerte lo hace más rápido (muchas de las muertes por gripe se producen por complicaciones secundarias que ocurren hasta meses después de haber superado la infección). Con todo esto, a mi parecer, la mayor y más relevante diferencia con respecto a la gripe es que somos completamente vulnerables a este nuevo virus.

Durante estas semanas de confinamiento nos preocupa también si habrá una segunda ola en otoño. Si después de unas semanas de respiro, en las que quizás hasta nos dejen ir a la playa, tendremos que volver a meternos en casa. Me temo que a día de hoy no podemos garantizar que después del verano hayamos alcanzado una inmunidad de rebaño (50-70% de los ciudadanos) que pueda proteger a la población de una nueva ola. Hemos de recordar que este virus es nuevo, que cada día la información cambia, que cada semana se publican cientos de artículos científicos con respecto al tema. No hay nadie experto en COVID-19, y quien lo diga miente (nadie se hace experto de nada en 4 meses). Desgraciadamente todo está en el aire. Sólo nos queda esperar y ver cómo se va a quedar este virus entre nosotros.

Ya pasó con la gripe A (H1N1). ¿Quién se acuerda de aquella pandemia de 2009? También consiguió asustarnos mucho. Pues aquel virus sigue aquí. Sin ir más lejos, justo cuando empezó la epidemia de coronavirus en España, un conocido fue ingresado en el hospital de Manacor por gripe A, donde estuvo varias semanas. La gripe A sigue aquí, pero ya no nos afecta como en 2009. Quizás lo mismo pase con el nuevo coronavirus. Quizás no. Y eso solo el tiempo lo dirá. Según tengo entendido, la inmunidad producida por los coronavirus de epidemias anteriores dura entre dos y tres años. Esto significa que podríamos volver a enfermar, sí. Pero al mismo tiempo, esta inmunidad nos daría la fuerza suficiente para contener olas como las que hemos visto esta primavera. Sea como sea, lo más probable es que el virus se quede a vivir entre nosotros.

Las condiciones de cada país son totalmente diferentes y no podemos hacer comparaciones tan a la ligera

Por último, me gustaría añadir una pequeña nota referente a las críticas sobre el número de muertos que hay en España en comparación con otros países de Europa. No tengo intención de defender que las cifras que estamos oyendo en los medios no sean escalofriantes. Sin embargo, las condiciones de cada país son totalmente diferentes y no podemos hacer comparaciones tan a la ligera. Para empezar están las diferencias genéticas. No somos iguales los mediterráneos que los escandinavos. Después, tampoco son las mismas las costumbres sociales: vivimos en un país de gran actividad social donde darse dos besos, un abrazo o la mano está a la orden del día, muy lejos de lo que ocurre en algunas sociedades como la sueca. Recordemos que el principal medio de transmisión es de persona a persona, por cercanía. Y para terminar, el recuento de fallecidos es también muy diferente en un país o en otro. Hay países que no tienen en cuenta aquellos pacientes que ya tenían una patología previa, por lo que el número de fallecidos baja drásticamente. El número de pacientes confirmados también depende del número de test que se hagan, esos test que toda la población está pidiendo a gritos (y de los que hablaré en otra ocasión). Bien, pues cuantos más test se hagan, mayor número de infectados habrá. También depende de la política que cada país implemente a la hora de realizar o no el test: si solo en población de riesgo, solo en población expuesta o si en estudios poblacionales realizados en ciudadanos escogidos al azar. Todos estos factores cambian enormemente el número total de infectados o fallecidos. Así que, sin menospreciar la gravedad del asunto en nuestro país, no es justo comparar los números de aquí con los números de allá. La realidad del alcance sólo podrá evaluarse correctamente una vez pasada la ola y haciendo test serológicos a nivel poblacional. Así, el número de infectados no debe ser relativo al número de habitantes sino al número de personas testadas.

El escenario es incierto. Lamentablemente, por el momento sólo podemos ser pacientes; confiar en que en los pueblos de las Baleares pronto se nos permitirá salir a disfrutar del aire, el sol, el mar y aceptar que todo esto es nuevo y que puede ir cambiando de sentido y dirección en cualquier momento. Cada día queda un poco menos para tomarnos ese café o esa cerveza con  nuestra gente más cercana (en cualquiera de los sentidos). Personalmente espero que después de esto mantengamos el espíritu social y mediterráneo que nos caracteriza, aunque sea a metro y medio de distancia; confío en que pronto sentiremos la sal en nuestra piel, aunque sea por turnos; y anhelo el momento en que podamos compartir un baile en cualquiera de nuestras plazas. Salud.

Sobre l'autor

Sofia Mira

Sofia Mira

Soy Sofía, doctora en Salud Pública y Medicina Traslacional. Especialista en enfermedades infecciosas y friki de la malaria. Defensora de la Sanidad y la Educación. Actualmente trabajo como farmacéutica.

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